Suena el pitido de la locomotora, el andén bañado de luz y sombras, espera el habitual temblor que lo ataca periódicamente. La gente también espera, vestida según su “grupo social”. Se ven algunos chicos con camperas deportivas, gorras proselitistas de alguna marca de moda, y zapatillas que mientras mas grandes mejor. También se ve algún que otro hombre mayor, que en sus arrugas muestra la experiencia de algún tiempo mejor. Con sus manos curtidas por la vida. Lleva una boina de colores sobrios, zapatos gastados, pero bien lustrados, alguna que otra campera de cuero, pero todos con su camisa a cuadros, y esa mirada tranquila pero segura de quien ha vivido una vida sin traicionar sus valores. Las señoras, siempre pulcras, muestran que se es posible ser una persona trabajadora, esforzada, y al mismo tiempo seguir siendo una dama. Nunca falta el linyera tirado en algún zócalo, su zócalo, mirando como la vida pasa, y pasa, y nada cambia. El anillo de su dedo, representa lo que es el tiempo para él. Nunca acaba, y siempre se repite. Nunca más habrá una mañana igual. El sol ya muestra su áureo rostro al mundo, y me mira. Yo estoy parado en el andén, no pertenezco ahí. Con barba a medio crecer, despeinado pero con razón, nunca pude educar mi cabellera, medio dormido disfrutando mi tabaco a cada respiro, sin pensar en otra cosa que no sea lo que veo.
Por fin el tren irrumpe sin piedad en la tranquilidad de esta pintura. La gente se altera ante la llegada del dragón de fierros y engranajes, y vuelve su vista para ver su llegada. Pero yo permanezco impasible, no me importa su llegada, no quiero que su llegada signifique algo para mí. Sigo parado, lanzando el humo de mi boca hacia este tren que se detiene frente a mi rostro. El tren se detiene, y veo una nueva figura. Veo una joven que me invita a ver su alma a través de su mirada. Veo como su ondulado pelo cae sobre sus hombros, dejándome ver su blanco cuello. Trato de no alterarme. Pero ya es tarde. Recuerdo que es invierno y no salí de casa lo suficientemente abrigado. El frío penetra por dentro de las mangas de mi campera, y tiemblo. Ya es tarde, tengo que ir a trabajar. Pero esos ojos castaños, y esos labios pálidos me despiertan de mi ensueño, y salto a al estribo del tren que ya empezaba a arrancar.




